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El Blog de Sandra Gómez

Entonces, ¿me acepto o busco mi mejor versión?

Estamos rodeados de mucha información, centenares de artículos, programas de televisión, discursos o libros nos hablan de diversos temas para mejorar nuestra salud emocional. Sin embargo, esta información entre sí puede resultar muy contradictoria. A día de hoy, el individuo es el centro de su vida. Comenzamos a valorarnos como personas o quizás a comprender mejor que somos el principio y fin de nuestra búsqueda, y como tales, hemos de cuidarnos.

El problema viene cuando nos proponemos mirarnos desde fuera, observarnos desde otra perspectiva y ver qué pensamos de aquello que somos. Es en este punto donde se encuentra el debate personal entre el ¿me acepto o busco mi mejor versión? ya sea refiriéndonos al físico o a nuestras fortalezas personales. ¿Son ambos objetivos incompatibles?

Este será otro artículo más de los mencionados al principio, pero creo que puedo aportarte una nueva perspectiva en base a mi propia experiencia. Y créeme que hablo desde la experiencia: autoestima, transtornos alimentarios, esfuerzo sin foco, falta de descanso o estrés han sido durante años un punto débil para mí. Lo bueno de los momentos duros es la increíble experiencia de aprendizaje que dejan a su paso y por ello hoy te comparto la mía.

Aceptarse significa quererse, quererse con ganas. No vale el “vale sí, me acepto pero…”. ¿Tú quieres a tu madre? ¿a tu pareja? ¿a tus hijos? Tendrán sus cualidades menos agradables, pero ¿les quieres? ¿sigues a su lado a pesar de que algo en su personalidad no te entusiasme? Pues tu propia aceptación requiere eso. Te aceptas cuando dejas de distinguir lo bueno de lo malo dando relevancia a lo simplemente humano. Todo aquello que consideras positivo o negativo no es ni lo uno ni lo otro, solo son las piezas del puzle que representas. Y querer quitarte piezas es no ser tú (¡y qué pena que nos prives de ello!).

Hay una pregunta infalible para saber si te aceptas de verdad: ¿desde dónde actúo? Supongamos que estoy preparando unas pruebas físicas para un examen importante y tengo un punto débil: la velocidad. Si al entrenar velocidad mi pensamiento y emoción van en una línea de desánimo, de “uf, toca entrenar esto otra vez, a ver qué tal hoy” no estoy actuando desde la aceptación, sino desde mis miedos. Cuando yo soy consciente de que es mi punto débil y lo acepto, cambio esas sensaciones y pensamientos por unas más positivas que reconozcan que tal vez no es mi fuerte, pero que puedo entrenar e ir mejorando poco a poco, que no espero imposibles y todo es mejorable.

Lo mismo puede suceder con un nuevo trabajo o con una dieta. Puedo comerme un tazón de fruta por dos razones: la primera, porque me apetece y segunda, para evitar comer un trozo de pizza o chocolate que tengo al lado. Esto no es querer, es engañarse, y el autoengaño no es aceptación, sino miedo.

¿Cuando miras tu barriguita lo haces con disgusto u odio o la ves como una parte de ti mejorable pero que aceptas al igual que aceptas tus manos? ¿Cuándo ves que no se te da tan bien socializar como a otros sientes envidia o recuerdas que se te da mejor que ayer? Ahí está la clave, en la emoción que te hace dar pasos. Jamás estará mal querer superarse y mejorar cosas, ¡todo lo contrario! Esto demuestra que confías en ti y tus posibilidades. Sin embargo, observa bien qué promueve tus acciones.

A veces, comerse un helado o no alcanzar una nota alta de un examen no significan fracasar, ni tener que cambiar cosas. Es más, si te sientes así tu propio cuerpo se estresará liberando cortisol, aquella sustancia que provocará efectos contrarios a los que verdaderamente anhelas. Los caprichos y la flexibilidad contigo mismo son sanos, más de lo que piensas. No pierdas nunca ese espíritu de superación, pues siempre habrá áreas de mejora y posibilidades de agrandar tu zona de confort. Sin embargo, siempre desde el amor a ti mismo como persona que sabe quererse y, muy importante, escucharse.

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Sandra Gomez • 12 abril, 2018


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