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El Blog de Sandra Gómez

Mis pelos de “bruja”

No recuerdo exactamente en qué momento mi melenón comenzó a convertirse en una masa indomable. De pequeña tenía el pelo liso, muy oscuro y brillante. Un pelo chulo que mamá se empeñaba en decorar con diademas y lazos que ¡quedaban bien!

Duró unos años.

Denso, oscuro, ondulado, rebelde. Así se fue volviendo con el paso del tiempo. A más cuidados, más resistencia. A más control, más fragilidad.

Comencé a alisar ondas, igual o con más ahínco que a alisar imperfecciones en mí. Tenía una edad complicada, que me pedía a gritos integrarme, encajar. Y se encajaba mejor (o eso creía yo) brillando desde la sonrisa perfecta y desde las formas cordiales. Desde las buenas calificaciones y desde los dos besos a gente por la que sentía rechazo.

Sentía la necesidad de no defraudar a mi entorno, por tanto, me daba a los demás sin miramientos. ¿Pa’ qué? No importaba si yo requería un rato para mí si alguien me necesitaba. ¿O sí? Daba igual. Y lo mejor es que me creía víctima de ello. ¡Pobre de mí, con lo buena que soy! Me engañaba tan bien como la melena lisa y brillante del espejo. Me engañaba porque no era buena, ni “pobrecita”. Era cobarde, cobarde por no saber decir “no”, por no saber decidir y por no tomar las riendas de mi tiempo y mi energía. Yo decidía pasar de mí.

Cuando no tenía tiempo de andar alisándome el pelo, lo ataba en una coleta, una trenza o un moño deshecho. Y ya, de paso, me iba deshaciendo yo. Sin saberlo, claro. Lo primero era lo primero: compromisos, cumplir con los estudios primero, el trabajo después. Y mis sueños quedaban tan atados como mi trenza. Tan atados que me olvidé incluso de conocerlos. Lo primero era lo primero.

Me até a personas con la idea de que les debía mucho y me debían más. Trencé mi personalidad a expectativas ajenas y tuve el morro de echar en cara esta decisión que yo solita había tomado. Me adentré en relaciones tóxicas en las que me podía el miedo, miedo a perder personas. Y para no perderlas, por supuesto, ataba bien esos pelos rebeldes que se salían del moño, o los engominaba. Ataba bien mis ganas de pedir, mis ganas de ser escuchada, mis ganas de volar y mi amor a ser yo misma. En este caso no era diferente… también me compadecía de la suerte que yo elegía.

Cuando no era posible recogerme el pelo, o estaba un poco sucio, tenía un recurso fabuloso: sombreros, gorros o pañuelos. Cubrir lo que no quería que se viera no era mi especialidad, no era mañosa con diademas y accesorios, pero hacían su función. Creo que siempre “se me ha visto el plumero” y quienes me conocen me tachan de transparente. Aun así, a veces lo conseguía y guardaba mis sombras y defectos bajo la tela.

Me echaba mascarillas tremendamente caras para que el cabello calmara su sed. No contemplaba que tal vez se conformaría con menos. Sed tenía tanta como mi propio ser, mi propia esencia. Ese algo dentro de mí que chillaba para que lo oyese, para que le prestase atención. Esa yo que pedía aventura, que pedía retos, que pedía desaprender todo lo engullido hasta el momento para empezar a tejer una historia ni nueva ni partiendo de cero, pues era demasiado lo aprendido, sino una historia diferente. Pedía vivir, vivir de verdad.

Comencé poco a poco a soltarme la melena. Comencé a dejar ese papel de víctima de peli dramática para descubrirme humana, no perfecta. No fue nada sencillo para mí encontrar la diferencia entre estos dos conceptos al principio, aunque no tengan nada que ver.

Empecé a admirar mis rizos deshechos, su volumen alocado, su rebeldía. Comprendo que es una extensión de mi personalidad demandante de vida, mayormente agradecida y casi nunca satisfecha. Nuestra naturaleza es salvaje, expresiva, inconformista. Dominarnos es posible solo por un momento. Y no siempre nos dejamos.

Sigo alisándome el pelo, recogiéndolo, haciéndole tirabuzones o cuidándolo, pero desde la aceptación de cómo es. Ya no huyo de él ni trato de ocultarlo. Simplemente valoro cómo me siento cada día y qué necesito (realmente) más.

Descubrí el brillo que tenía cuando no trataba de manipularlo. Y descubrí cómo siento que brillo yo cuando no trato de ser otra persona. No es un brillo de reconocimiento, sino de expresión, de autenticidad. Esto atrae (y repele) personas, situaciones, trabajos, aprendizajes, pero en este caso acordes conmigo.

Hoy me levanté con “pelos de bruja”, y fue lo primero que vi en el espejo. ¿Sabes qué? Me gustan cada día más. A veces nos perdemos lo bueno por haber peleado por lo perfecto. Y lo mejor es que lo bueno suele estar mucho más cerca. ¿Te atreves a mirar?

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Sandra Gomez • 29 diciembre, 2018


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